Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 01 de agosto de 2018   NOTICIA WEB 292/2018
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (y X): Todos los caminos conducen a Beitia

Por : Chema Barberarena - Fotos: Miguelez TEAM


Años y años de magníficos resultados. Un epitafio deportivo extraño, en forma de retirada, reparada por el ansia de retornar. Un regreso a lo grande. La ilusión, la sabiduría y la experiencia. Tres triunfos continentales consecutivos para la gloria. Los mejores años de una trayectoria, rubricados con la culminación de un sueño en forma de oro olímpico. Cuando todos los caminos conducen a Ruth Beitia, el atletismo español, europeo y mundial sólo puede contemplar, sonreír y admirar a una atleta que resultó ser superlativa.

Es complicado resumir todo un artículo en una frase. No obstante, al hablar de la saltadora cántabra Ruth Beitia (1 de abril de 1979, Santander), hay una sentencia que, insistentemente, sobreviene a la cabeza: "la mejor atleta española de la historia". Repetida hasta la saciedad, la cita refleja una realidad incontestable. Beitia cerró definitivamente el telón de su carrera a finales del pasado año 2017, tras convertirse, por cuarta vez, en subcampeona de Europa bajo techo, y disputar su sexta final de un Mundial al aire libre. Los problemas físicos en la segunda parte de la temporada precipitaron un adiós triste, pero ciertamente consciente de que la plenitud posterior a su primera retirada, tras Londres 2012, deparó a la pupila del magnífico Ramón Torralbo los mejores resultados de su vida. Este último recordatorio, que clausura un serial de diez capítulos sobre muchos de los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa, versa sobre un triple triunfo certificado como gesta de complicado retorno.

Ruth Beitia arribó a Helsinki, aquella última semana de julio de año olímpico, en un estado competitivo de máxima seriedad y oficio. El Campeonato de Europa de 2012, celebrado entre el 27 de junio y el 1 de julio por tercera vez en la capital finesa (tras las ediciones de 1971 y 1994), al abrigo de los Juegos Olímpicos de la Trigésima Olimpiada (a disputarse en Londres a lo largo del siguiente agosto), estrenaba un renovado formato, reducido para la ocasión, y propiciando la ausencia de dos de las especialidades de mayor fiabilidad histórica para el combinado nacional, la marcha y el maratón. La representación española, de sesenta y siete atletas, derivó en el número más exiguo de podios -cinco- desde Split '90. Beitia encaraba su cuarto Campeonato de Europa al aire libre. No había logrado nunca la santanderina un puesto mejor que el sexto lugar en esta competición, en contraprestación con sus excelentes resultados bajo techo, donde, salvo en su debut continental en Viena 2002, contaba por medallas sus cuatro participaciones (platas en 2005, 2009 y 2011, y bronce en 2007). Hasta aquel 2012, que a priori iba a ser el año de su despedida como profesional, Ruth no había logrado medallas al aire libre en grandes citas absolutas. Helsinki representó la penúltima estación antes del gran cambio.

   


Poco más allá de las diez de la mañana del miércoles 27 de julio tuvo lugar la calificación de un concurso que destacó por el sensible número de bajas. Y todas, de máxima importancia. La croata Blanka Vlašic (que después renunciaría a Londres) y las rusas Anna Chicherova y Svetlana Shkolina representaban las principales ausencias. Sin duda, la cercanía de los Juegos Olímpicos en un calendario muy comprimido, entre otras razones, no dejó lugar a otra opción. De las veinticuatro atletas que saltaron en ambas rondas de calificación, ninguna lo había hecho en la temporada al aire libre más que Beitia (en Santander, superó los 2.00m el 25 de julio). Al día siguiente, el jueves 28, la final dibujó un maravilloso panorama en el Olímpico de la capital finlandesa. Resolviéndose las medallas en alturas intermedias y con especial ahínco en el número de nulos, Beitia, había superado tres alturas con relativa facilidad (1.85m, 1.87m y 1.95m) en un concurso inmaculado. El rumbo de los acontecimientos determinó que una noruega de veintidós años, de nombre Tonje Angelsen, que jamás saltó más de 1.95m (ese año, en Oslo, en mayo, y en Zhukovskiy en junio), y que, curiosamente, nunca volvió a saltar tanto, disputara a Beitia el oro hasta la última altura. En 1.97m, con ellas dos únicamente en competición, ambas superaron el listón a la tercera. La escandinava se descolgó con el concurso de su vida. Su nulo previo sobre 1.89m terminó por resultar definitivo, tras fallar las dos en los tres intentos sobre 1.99m. La cántabra certificó su primer triunfo continental absoluto, el primer oro de una atleta nacional en concursos, y el único oro español en aquellos Campeonatos de Europa. Beitia, que ya había manifestado atisbos en diferentes ocasiones durante aquella temporada de querer afrontar las cosas de otra manera, así como su reticencia cada vez más obvia a continuar en la élite, sellaba su vida deportiva con un oro que representaba el mayor triunfo de su trayectoria. La santanderina asumió que, llegado su momento, debía despedirse por todo lo alto para "vivir la vida". No desperdició la oportunidad, a falta de la gran cita del año. Los caminos convergían, poco a poco, hacia el mismo punto. Poco más de un mes después, rozó el podio en los Juegos de Londres con un meritorio concurso en 2.00m ante rivales superiores. El destino, sin embargo, cambiaría, de súbito, en los meses siguientes.

Quién sabe si aquel año 2012 activó ese "algo" desconocido en el ya de por sí monstruoso gen competitivo de Beitia. En diciembre, apenas cuatro meses después de anunciar su retirada tras su cuarto lugar olímpico, rompió el contrato de fuga en mil pedazos. "Seguiré". A lo Michael Jordan.

La mañana del 15 de agosto de 2014, la calificación del Campeonato de Europa de Zúrich mostró una Beitia de empaque calmado y vertiginoso, todo de una vez. Al tercer salto, selló su pase a la final con un cómodo vuelo sobre 1.89m. Ausentes Vlaši?, por problemas en una rodilla (que había saltado aquel año 2.00m en dos ocasiones, en julio), y Chicherova, con molestias en un tobillo (líder mundial del año, con 2.01m en mayo), Beitia encaraba sus quintos Europeos en un estado elevado de conciencia sobre sí misma. "Vengo convencida de luchar por la medalla", dijo tras la ronda clasificatoria. "No sé cómo están mis compañeras (…). Las lesiones forman parte de esto (…). Creo que hay que preparar las competiciones para estar a punto en el momento preciso". Desde el respeto, categórica. Una verdad como un templo.

Su "no retirada" tras Londres fue el acicate perfecto. En 2013, Beitia retornó a la senda positiva que había tomado durante el año olímpico. Proclamada brillantemente Campeona de Europa en pista cubierta en Gotemburgo, con un salto de 1.99m, en la que era su quinta medalla consecutiva en esta competición, y venciendo en un espectáculo inolvidable a las locales Ebba Jungmark y Emma Green, tras el verano se hizo con el bronce (igualada con Chicherova) en Moscú, en la que representa en su carrera la única medalla mundial al aire libre. En ese 2013, venció en catorce competiciones, con escasos traspiés (un par de quintos lugares en pruebas de Diamond League), pero demostrando un estado de madurez a prueba de bombas. A pesar de que sus mejores marcas databan de épocas anteriores (2.02m al aire libre y 2.01m bajo techo, ambos en 2007), aquel 2013 inauguró, posiblemente, la era de la mejor Beitia que el atletismo hubiera conocido. Muy especialmente a nivel mental y competitivo.

   


Retornando al Letzigrund de Zúrich, la final de altura se disputó la tarde del domingo 17 de agosto, último día de competición. Cuando las manecillas del reloj sobrepasaban las tres y cuarto de la tarde, daba comienzo la carrera hacia la segunda medalla de oro consecutiva de la cántabra en Campeonatos de Europa. Tras un primer nulo en 1.90m que lastró su concurso hasta su resolución ya en alturas superiores, Beitia se recompuso, afiló la mirada, y fijó como objetivo en su horizonte un salto por encima de los dos metros para auparse a lo más alto del podio. Esa era otra de las diferencias de la nueva Ruth con respecto a lo que se había visto de ella antes de 2013. Asimiló una capacidad gigantesca para reaccionar y recomponerse ante la adversidad que no había demostrado en años anteriores. Ella mismo reconoció después que aquel nulo sobre 1.90m había resultado crucial para racionalizar la situación y no confiarse. A pesar de las bajas mencionadas, y habiendo variado mínimamente su punto de batida tras otro nulo en el primero sobre 1.99m, su maravilloso vuelo sobre 2.01m a la primera -que la situó como líder mundial de la prueba al finalizar aquel 2014, junto a Chicherova- despojó de cualquier duda a quienes titubearon sobre la integridad de un concurso que resultó de una belleza indudable. Jamás había sobrepasado la santanderina una altura de dos metros o más en un gran campeonato. En febrero de ese 2014, el bronce mundial bajo techo en Sopot (2.00m) y el triunfo narrado en Zúrich requirieron sumarse al desafío. Tanto la rusa Mariya Kuchina (hoy Lasitskene) como la croata Ana Šimi? derribaron el listón en tres ocasiones sobre la mayor altura del año, otorgando vía libre al oro de Beitia. "Ha sido una de las mejores competiciones de mi vida", dijo. "Sigo viviendo el regalo que me dio la vida tras los Juegos. Voy a seguir un poco más, a ver qué pasa". La cántabra se convertía, así, en la segunda saltadora de altura en conquistar dos oros continentales de manera consecutiva. Antes, solamente lo había logrado la leyenda rumana Iolanda Bala? (en 1958 y 1962). Era la decimoprimera medalla internacional absoluta de Beitia, cuando contaba con 35 años, y sin prisa, los caminos continuaban convergiendo al unísono hacia ese lugar común. Una Beitia que, llegado ese punto del recorrido, no quería detenerse.

Y 2016 vería, de nuevo, un Europeo en versión reducida, sin marcha, y con el medio maratón sustituyendo a la distancia de Filípides, ante la proximidad de los Juegos Olímpicos de Río, ya en el horizonte más inmediato. Ese año fue el año en el que todo tomaba su cauce. El año en el que desembocó ese torrente de energía que llevó a la protagonista de este artículo a adoptar la dura decisión de dejarlo todo tras los Juegos de Londres, y a retomar la senda de su lustre vital de inmediato, como si con aquel ínfimo parón hubiera comprendido que el destino le tenía reservada la mejor de las sonrisas y de las satisfacciones. Un parón que, quizá, al oficializarse, apremió la capacidad de asimilación y entendimiento de una atleta que supo perfectamente asumir su rol, su estatus y su capacidad a través de una disposición sobresaliente. El año en el que Beitia tocó el cielo.

   


En la mañana del 6 de julio, miércoles, se disputó la calificación del vigésimo tercer Campeonato de Europa. Un escenario de bellísima planta aquel Olímpico de Ámsterdam. Tras un nulo en 1.89m, saltó 1.92m para meterse en la final por sexta vez en su trayectoria. Siempre, en sus seis Europeos disputados, Beitia estuvo en la final. "Me he visto muy bien, las sensaciones han sido muy buenas", manifestó con tanto ánimo como prudencia. Sin las rusas Chicherova y Kuchina por el veto a Rusia de la IAAF, con la ausencia de la polaca Licwinko, lesionada, y con la croata Vlaši? y sus sempiternos problemas físicos que la llevaron a intentar concentrarse en exclusividad de cara a Río, la española supo gestionar con brillantez una final que podía resultar fácilmente un arma de doble filo. Al día siguiente, jueves, fue la sorpresiva búlgara Mirela Demireva, que ya ofreciera una magnífica imagen en la ronda clasificatoria, quien supo plantar cara a Beitia. La lituana Airin? Palšyt? se unió a la fiesta. Demireva había saltado bastante más que la cántabra durante aquel año (1.97m de la búlgara, por 1.93m de Beitia, novena en el ránking europeo antes de Ámsterdam), mientras que Palšyt? sólo había llegado a 1.90m. La batalla, sin embargo, fue cruenta. Con un nulo sobre 1.93m, altura que superó a la segunda, Ruth volvió a visualizar el horizonte desde su extrema capacidad de concentración. La imagen de la cántabra, tendida sobre el tartán, con los ojos tapados, como si de un poder chamánico desconocido se tratara, era una de las imágenes más recurrentes del planeta atletismo por aquel tiempo. La madurez que Beitia había adquirido en esta etapa postrera de su vida deportiva se manifestó con una entereza de manual a partir de aquel instante. Impecable en 1.96m, y soberbia sobre 1.98m, nadie pudo acometer la altura más asequible para una vencedora en cita continental desde que la rumana Monica Dinescu ganara en Budapest '98 con 1.97m (en 2002, la sueca Kajsa Bergqvist fue Campeona de Europa saltando también 1.98m). Obligada a la perfección, Beitia certificaba un logro que ningún saltador de altura, mujer u hombre, había conseguido jamás, uniéndose a ese selecto grupo de atletas que han logrado tres medallas de oro en tres Europeos consecutivos. Para el atletismo español se trataba, sin duda alguna, de una gesta sin precedentes. Pero aquello no era más que un peldaño más, un camino hacia su objetivo. "Esto era un paso intermedio para cumplir mi sueño, que es una medalla olímpica. Este año estoy poniendo todo de mi parte para conseguirlo". El destino regalaría a la cántabra, mes y medio después, un oro inolvidable en los primeros Juegos Olímpicos disputados en Sudamérica. En la madrugada española, las lágrimas de Beitia, en sentido abrazo con Ramón Torralbo, clausuraron como epígrafe de lujo un ciclo histórico.

Así, se cerraba el círculo. Quince años antes de aquel oro europeo, el tercero consecutivo, Beitia había conquistado su primera medalla internacional, un prometedor oro en el Campeonato de Europa Sub23 que, si bien no hacía presagiar aún un currículum tan mayúsculo, sí que servía como ilusionante prólogo de una aventura imborrable. Aquel campeonato, sellando una simbología prodigiosa que legitimó su historia para siempre en Río, se disputó… en Ámsterdam. Y la urbe holandesa ligó por siempre su destino al de Beitia, en un recorrido de brillante factura. Ruth, cuya trayectoria atlética continuó durante un año más, también supo trabajarse y saborear con satisfacción las mieles del éxito en la prestigiosa Diamond League, venciendo en el global de las ediciones de 2015 y 2016, y aumentando la leyenda que, poco a poco, fue forjándose tras su retorno. Finalmente, Beitia, ya con treinta y ocho primaveras a sus espaldas, decidió poner el punto definitivo a la historia tras el Mundial de Londres, en agosto de 2017, habiendo superado con disparidad, primero, una prometedora temporada invernal (subcampeona mundial indoor en Belgrado) y, después, un período al aire libre con constantes complicaciones físicas que derivaron en un irregular devenir. Pero el círculo ya se había cerrado. Los caminos, por fin, habían convergido para convertirse en uno solo. Y a pesar de todo, y con todo, la historia ya estaba escrita. Y, nunca mejor dicho, con letras de oro.


 

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