Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 04 de julio de 2018   NOTICIA WEB 229/2018
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (V): El doblete 'oro-plata' de Josep Marín en Atenas 1982

Por : Chema Barberarena


Uno de los mayores talentos de la historia de nuestro deporte en España, un atleta legendario cuyos números y hechos revelan con detalle el progreso de una disciplina construida en base a una idiosincrasia especial. Uno de los responsables de que la marcha lleve incrustada en lo alto del atletismo español y en el corazón del aficionado la friolera de cuarenta años.

El decimotercer Campeonato de Europa de Atletismo se celebró desde el martes 6 de septiembre hasta el domingo 12 del año 1982. Atenas se convertía en la primera ciudad en acoger por segunda vez los Campeonatos. Con Turín en 1934 y Roma en 1974, Italia ya conocía el privilegio de ser la primera y única nación en albergar sede de dos Europeos, y en este año ochenta y dos la capital helena pasó a ostentar el honor de convertirse en la única ciudad que repetía ubicación. En 1969, sin embargo, había sido el estadio Georgios Karaiskakis el epicentro de la competición, mientras que trece años más tarde, la responsabilidad recaía en el estreno del Olimpiakó Stádio Spyridon Louis, una maravillosa monstruosidad con capacidad para más de setenta mil almas (y que, en algún evento no deportivo, ha llegado a acoger a más de ochenta mil).

El debut de España en la primera jornada proporcionó un regusto agridulce. La relativa discontinuidad de la actuación nacional convertía cada desempeño positivo en un remanso de paz, especialmente para la mordaz prensa de la época, que no dudaba en juzgar con fiereza cada comportamiento adverso. Con la presencia de veintitrés atletas, la Selección Española acudía a la cita con la más alta representación nacional hasta el momento en un Campeonato de Europa (diecinueve hombres y cuatro mujeres, récord en ambos casos). Sin aún saberlo, el salto cualitativo en aquella cita, en lo que a medallas se refiere, iba a ser descomunal. Previamente, sólo Jordi Llopart conocía el podio, con su extraordinario triunfo en Praga, cuatro años antes. Y la marcha volvió a tomar las riendas de la situación, como no podía ser de otra manera.

El martes 7 de septiembre, a las cinco en punto de la tarde, un grupo de veinticinco marchadores partían del Olímpico para disputar los 20 kms. Bajo unas condiciones atmosféricas complicadas a orillas del Egeo, el italiano de veinticinco años Maurizio Damilano se situaba en la previa como favorito destacado, en especial por su estatus de vigente campeón olímpico. En el anterior Europeo, cuatro años antes en Praga, Damilano sólo podía ser sexto, precedido por un español, actor principal de esta historia. El pratense Josep Marín Sospedra (21 de enero de 1950, El Prat de Llobregat) finalizaba quinto en aquella cita, por detrás de inabarcables (el alemán oriental Wieser, y los soviéticos Pochenchuk, Solomin y Yakovlev). Y precisamente Marín, pionero nacional, figura casi irrepetible e inolvidable en la marcha española, en aquel momento bajo las órdenes de Joaquín Lamora, se convertiría en el gran protagonista no ya de aquella tarde, sino de la cita continental.

Marín y Damilano soportaron desde el disparo el peso de la prueba en lo que se concretó casi como una solemne declaración de intenciones. A partir del ecuador, el transalpino optó por tomar el mando, incrementando un ritmo que el español no siguió. Al paso por el decimoquinto punto kilométrico, la ventaja de Damilano era de unos diez segundos. El vuelco, propiciado por la reducción paulatina de la ventaja, se concretó definitivo cuando, tras varios avisos, Damilano era descalificado a falta de apenas dos kilómetros. "Había entrenado muchísimo y me encontraba muy bien (…) Vine a vencer y lo hice", dijo después Marín. "Hubo un momento en el que llegué a pensar que los demás estaban flojos", recuerda con picardía. La apoteósica entrada en el estadio, la inmensa alegría tras cruzar la meta, y la desorbitante sensación de una inolvidable vuelta de honor son momentos que han permanecido con brillo extremo como imágenes imperturbables e incorruptas en la trayectoria española por los Campeonatos de Europa. El formidable desempeño de un Marín camino de la cúspide técnica sumaba un nuevo oro para el atletismo español en Europa, tras el estreno, cuatro años antes, de la primera pieza de un tan singular como maravilloso rompecabezas: el oro de su paisano Llopart. En ambos casos, imágenes paradigmáticas del excepcional trabajo que, a imagen y semejanza del genio polaco Hausleber -santo y seña del buen hacer de la marcha mexicana- se había realizado durante el último lustro. Como quien les escribe ya había plasmado en un artículo anterior, dedicado a aquel oro de Llopart en Praga, el trabajo en la altitud de México, sumado al cambio de dirección en el aspecto técnico dentro de una disciplina tan sumamente condicionada por esta característica, se convirtieron en piedras de toque de tan inmensa importancia que cambiaron por completo el devenir en bloque de la disciplina en nuestro país.

La victoria de Marín se producía, además, con una sensacional rúbrica en forma de récord de España de la disciplina (1h23:43), desbancando de las listas el 1h23:51.3 que él mismo consiguiera dos años y medio antes en Rhede (República Federal Alemana; primer sub 1h24 nacional). Con el de Atenas, Marín sumaba su sexta plusmarca española (consecutiva) en los 20 kms. Y aún lo batiría en una ocasión más (1h20:00 en l'Hospitalet de Llobregat, el 17 de abril de 1983). Para comprender la actuación de Marín en aquellos 20 kms de Atenas hay que recordar que el segundo clasificado, el checoslovaco Josef Pribilinec, arribó más de dos minutos después (1h25:55). Su compatriota Pavol Blažek completó el podio (1h26:13).

El viernes, día 10, Marín doblaba prueba. En Campeonatos de Europa ya lo había hecho en Praga '78, finalizando quinto en los 20 kms y con retirada en los 50. Un precedente maravilloso era el de los Juegos de Moscú, en 1980, cuando obtuvo un quinto lugar en la prueba corta y un sexto en la larga que certificaban sin dudar la extrema versatilidad del menudo marchador catalán. No lo tuvo él siempre tan claro, sin embargo. "En aquella época pensaba que era demasiado lento para hacer el veinte, y en cambio me costaba hacer el cincuenta. Con el paso del tiempo comprendí que podía tratarse de una falta de confianza en una prueba en particular. Pensaba en hacer las dos, y ver si una me salía mejor que la otra".

Otros dos españoles se alinearon a las tres de la tarde junto a Marín en la prueba larga: el mencionado Jordi Llopart, y el accitano Manuel Alcalde. La característica principal por la que aquella carrera podría ser recordada es la climatología extrema. Bajo unas condiciones de angustiosa dificultad, con un calor y una humedad sofocantes, Marín se mantuvo en las primeras posiciones en todo momento, al igual que en los 20 kms. Sus compañeros de aventura fueron el finlandés Reima Salonen, que finalizaría en primer lugar, y el sueco Bo Gustafsson, a quien Marín arrebataría la plata en los compases finales. Como reflejo de las durísimas condiciones reinantes en Atenas, cifras: de los veinticinco marchadores que tomaron la salida, sólo pudieron concluir la prueba once. Uno de los abandonos correspondió a Alcalde, que desistió a falta de unos quince kilómetros para el final. Llopart, por su parte, tras un complicadísimo primer tercio de carrera, se recuperó progresivamente de sus problemas físicos para concluir en un formidable sexto puesto (4h08:28), dadas las circunstancias.

Marín, todo fuerza y pundonor, conseguía su segunda medalla en apenas setenta y dos horas, rebasando en la parte final a un exhausto Gustafsson, al filo de la última vuelta al circuito de tres kilómetros y medio por el que se desarrollaba la prueba tras unas primeras ocho vueltas al estadio Olímpico tras la salida. De recibo es recalcar nuevamente unas condiciones extenuantes, como recordaban los atletas. Un auténtico infierno sobre el tartán y el asfalto. "He pasado calor y dolor como nunca", reconoció Marín, habitual espartano de las palizas en el Teide, bajo el sol abrasador y el aire irrespirable del Parque Nacional de Las Cañadas. Sobrecogía la imagen del catalán, sin aliento en meta, doblado sobre sí mismo y desencajado por la insoportable tortura de un esguince intercostal previo. Un calvario de dimensiones épicas. "A partir de los veinte, me asfixiaba". Sus 3h59:18, casi lo de menos en una situación que fue la antítesis de lo idílico, por su ausencia de preparación previa, pese a su victoria en el Campeonato de España aquel año en marzo en Zaragoza. La nueva medalla se convirtió automáticamente en un logro que, en la actualidad, se hace difícil situar con precisión. Nunca otro atleta nacional ha conseguido un doblete oro-plata en un mismo Campeonato de Europa. Sólo Abel Antón (oro en 10.000m y bronce en 5.000m en Helsinki '94) y Juan Carlos Higuero (dos bronces, en 1.500m y 5.000m, en Gotemburgo en 2006) conocen la dulce sensación de una doble presea en la misma cita continental. Como anécdota, la simiente que derivaría en la misma situación que iba a teñir de sonrisas y curiosidad la recepción de la medalla de Mª Cruz Díaz en Stuttgart cuatro años más tarde. El himno español, acelerado por megafonía hasta el paroxismo en la entrega de medallas, ante un Marín impávido, perdido ante tan extravagante tesitura, y sin comprender con exactitud qué recurso debía utilizar ante la incomodidad de la situación.



Como nadie encarnó Marín lo austero y sobrio de la disciplina. Y asimismo, la severidad de las concentraciones en la altura y la soledad canarias, la extrema profesionalización surgida de la conexión con Hausleber y la marcha mexicana, la rivalidad Marín-Llopart, la entrega, constancia y saber hacer de figuras clave como Eduard Garcés, y en consecuencia el desarrollo del nivel general tras años de insultante aridez, representaron, cada una en su grado particular, las semillas del crecimiento exponencial de la especialidad en España.

Al igual que Llopart en Praga -y posteriormente en Moscú- aquel doblete de Marín puso en órbita definitivamente a la marcha española, en un hermoso camino que se prolonga hasta nuestros días. En el recuerdo, la trayectoria global de un atleta magnífico, que posteriormente, en 1983, protagonizaría el hito de conquistar la primera medalla nacional en un Campeonato Mundial con su plata de Helsinki en los 50 kms (siendo días después cuarto en los 20), y que incluso se alzaría a lo alto de las listas históricas en los 50 kms, con aquella inolvidable mejor marca mundial del Campeonato de España en el Paseo de la Alameda de Valencia (3h40:46), superando al recordado Raúl González.




 

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