Real Federación Española de Atletismo
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 miércoles, 30 de mayo de 2018   NOTICIA WEB 198/2018
Los mejores momentos de España en los Campeonatos de Europa (I): El "triplete" maratoniano en Helsinki 1994

Por : Chema Barberarena


Hay historias que cuesta arrancar, cuyo poso debe ser exprimido desde un punto extra de concienzuda acritud, o quizá desde la desazón, o la tristeza, o el olvido. Y hay, por el contrario, historias cuya magia implícita permite a quien les escribe dejar fluir los acontecimientos hasta magnitudes que, en ocasiones, pueden considerarse casi extraordinarias, mágicas. Esta historia, que inaugura un extenso serial hacia el próximo Campeonato de Europa que se celebrará en Berlín del siete al doce de agosto, es una de ellas. Magia pura. De las recordadas de manera perenne. De las inolvidables.

Imagine el lector un tórrido verano, una senda de interminables caminos, vereda tras vereda, dejando atrás sentidos y angostos senderos, aderezados con carreteras inexpugnables, sofocantes madrugones, lágrimas, sudor, dolor, más sudor y más dolor. El placer, reservado al profano en una época de dedicación plena. Desde el quince de junio, en plena sierra de Guadarrama, a más de mil ochocientos metros de altura, en Navacerrada, y en la Venta Magullo en Segovia, campamento base de trabajo incansable e ilusión infinita, la hoja de ruta marcó en todo momento una dirección única y exclusiva. Tres atletas, tres amigos. Un alavés, Martín Fiz Martín. Un guipuzcoano, Diego García Corrales. Y un madrileño, Alberto Juzdado López. Tres personas requeridas por el destino para, con una bellísima mezcolanza de ciertos ingredientes imprescindibles en determinadas salsas, hacer historia en el deporte español. Así lo quiso.

Los decimosextos Campeonatos de Europa de Atletismo se disputaron en la ciudad finlandesa de Helsinki del siete al catorce de agosto de 1994. Aquel domingo, el combinado español, compuesto por un total de cincuenta y seis atletas -dieciséis mujeres y cuarenta hombres- encaraba la última jornada del Europeo con un bagaje de cuatro medallas: dos oros (Fermín Cacho en 1.500m y Abel Antón en 10.000m), una plata (Isaac Viciosa en 1.500m) y un bronce (Valentí Massana en 20k marcha). Aquella última jornada, en la que la Selección obtendría otros cinco metales para un total de nueve (once había obtenido España en total sumando los éxitos de los quince Europeos anteriores, repartidas en los cuatro últimos), se perpetuaría en la eternidad como una de las más bellas a las que el deporte español ha asistido a lo largo y ancho de su historia.

A las nueve y media de la mañana de aquel domingo de agosto, frente a una temperatura de unos veinte grados centígrados que, combinada con una altísima humedad ambiental (cercana al noventa por ciento), convertían el asfalto finlandés en un infernal tiovivo, destinando al día una sensación de calor casi agobiante, setenta y nueve atletas tomaban la salida en el Estadio Olímpico de Helsinki. El disparo inaugural de la jornada de clausura evocaba bellos pasajes de la historia, en un santuario histórico del fondo mundial. Por delante, cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros de eternidad y gloria.

Una de tantas madrugadas de aquel verano, el azkoitarra Diego García, entrañable y dicharachero, a las órdenes de Santi Pérez, templaba nervios y buscaba sosiego tras la tormenta en la tertulia radiofónica de turno, en los estertores de aquellas jornadas de extenuación maratoniana. Exaltado, no dudaba en comentar a sus compañeros, mezcolanza de sensaciones, lo que había escuchado aquella noche como cualquier otra. "¡Oye, Martintxo! Que… he escuchado al 'menda' este…que ha dicho… ¡que si vamos a Helsinki de turismo!". La anécdota evocó esa costumbre tan doméstica de convertir el chascarrillo en reto, y el combinado español se propuso, sabedor pleno de un potencial propio que no parecía tenerse excesivamente en cuenta siquiera en el contexto nacional, darle la vuelta a lo que se había convertido casi en una afrenta. Quién sabe si aquel deje descuidado, como sin prestar demasiada atención a la realidad firme, se convirtió en uno de los detonantes de lo que vendría después. "Pues ya verás… ¡que vamos a hacerlo bien!". Fiz recuerda con cariño la anécdota con el posteriormente desaparecido García, con quien siempre le unió una relación más allá de lo puramente profesional.

La carrera comenzó con calma, mal presagio para los deseos de un Diego García que siempre prefería carreras de mayor presteza. Fue el alemán Kurt Stenzel quien destacó en las primeras referencias, siendo neutralizado tras apenas un tercio de carrera en solitario, bajo el control de un relativamente numeroso grupo de cabeza, que ya desde muy al principio sufrió un goteo constante de pérdida de unidades, así como algún otro escarceo, como el del galo Dominique Chauvelier. El paso por la media maratón, primera gran referencia, en 1h06:08. Tras los intrascendentes conatos de incendio previos, el portugués António Rodrigues lanzaba, poco antes del vigésimo quinto kilómetro, un ataque a la yugular del grupo cabecero, al que Martín Fiz -que llegaba al maratón del Europeo, el tercero de su vida, con el cuarto mejor tiempo de los participantes- quiso responder, en vista de la pasividad general. Ambos comandaban la carrera al paso por el kilómetro veinticinco por delante de un grupo compuesto por una decena de unidades a escasos segundos. Apenas cinco kilómetros después, el conjunto de líderes respondía ya a apenas cinco unidades. El también luso Manuel Matias, y los españoles Alberto Juzdado y Diego García daban caza a los dos adelantados, Rodrigues y Fiz. El boadeño Juzdado, en su octavo maratón, discípulo de Dionisio Alonso, procedía del 5.000m, en 1993 se había proclamado campeón nacional de medio maratón, y conservaba esa fascinante atracción del no profesional. Continuaba ejerciendo de artesano en un taller de escayola, profesión que compaginaba en ese momento con su ya solvente trayectoria deportiva, y que abandonaría tras Helsinki para dedicarse en exclusiva al atletismo.

Fiz dejaba a Rodrigues, que definitivamente anunciaba su crisis, momento de vital importancia en la carrera, con consabido conocimiento de García y Juzdado, que trabajaron a destajo para desmarcar a ambos portugueses y distanciar al británico Richard Nerurkar en busca de formar con el vitoriano un trío cabecero que ni el más optimista de los espectadores pudiera haber imaginado previamente. Corría, entonces, el vigésimo séptimo kilómetro. También por detrás, y desde el disparo bajo la máxima vigilancia española, el ya nombrado Nerurkar, en espléndida forma tras una exhaustiva preparación en la altiplanicie keniana, y bien conocido por los españoles tras su victoria el año anterior en la Copa del Mundo celebrada en San Sebastián. "La táctica era controlar a Nerurkar, y siempre le fuimos controlando", aclaró después Juzdado. Llegados al kilómetro treinta y uno, el trío español ya circulaba totalmente en solitario. A partir de ese momento, cabe destacar con especial ahínco, recuerdo y magnificencia la extraordinaria tarea realizada por Diego García. Maratoniano de sangre caliente, en constante ebullición, aún hoy estremecen las imágenes de la carrera a aquella altura. Atento, insuflando ánimo permanente a sus dos compañeros -amigos-, con un control absoluto de la situación, de la emoción y de la carrera. Y sabedor en todo momento que la resistencia adquirida, el soberbio entrenamiento, la exhaustiva preparación y las jornadas interminables en la altitud de Navacerrada debían dar sus frutos en forma de extraordinario resultado al final de aquella mañana.

En torno al kilómetro treinta y seis, Juzdado es el primero en denotar ciertos síntomas de flaqueza, y, con Nerurkar veinte segundos a sus espaldas, pierde metros con respecto a sus dos compañeros de escuadra. A partir de aquel momento, Juzdado es plenamente consciente de que las posibilidades se tornan en una sola: soportar como fuera la posible embestida final del británico y asegurar la medalla. El trabajo de García y Fiz por delante continúa a ritmo de rebosante martillo de demolición. En aquellas condiciones, un García mucho más diesel tenía la batalla perdida con Fiz de antemano de darse una llegada conjunta. "Sabía perfectamente que yo era el más lento de los tres en caso de llegar juntos al estadio", dijo después Diego. La situación no llegó a darse. Al paso por el kilómetro treinta y nueve, la pareja de cabeza aventajaba en seis segundos a Juzdado, y en medio minuto a Nerurkar. La preocupación de Diego, revelada con posterioridad, por el tercer puesto de Alberto ("sentí pena y miedo de que le alcanzara Nerurkar") se tornaba en calma tras un trabajo soberbio. Y ahí, llegó el momento de Martín Fiz. Bajo las órdenes de Sabino Padilla, Fiz dio el salto definitivo al asfalto desde una interesante trayectoria crossística. Debutando el agosto anterior en el mismo escenario, con victoria, ya en abril del 94 presentaba de facto sus credenciales en las escarpadas colinas de Boston, con un sensacional 2h10:21, sexto y récord de España. En el Campeonato del Mundo del año siguiente, volvería a apoderarse de la gloria. Su camino a partir de ahí, de leyenda.
Con unos últimos 2.195m en 6:42, el vitoriano cruzaba la meta del Estadio Olímpico en 2h10:31, aún hoy, cuando se escriben estas líneas, récord de los Campeonatos. Oro continental.


Brazos al cielo. Emoción desbordaba, incontenible. El momento de los flashes, del júbilo y la celebración. Respira, tras su ya característico sprint final, a por el vaciado completo del depósito, Fiz se da la vuelta… y llega Diego García. El guipuzcoano, exultante, quince segundos después, en 2h10:46. Salta, grita, se abraza a Fiz de un salto en una escena que sigue -y seguirá- arrancando una sonrisa. Los exultantes alaridos del azkoitarra aún resuenan en el imaginario colectivo del iniciado cuando se recuerda la escena. El máximo reflejo de la felicidad en el deporte y en la vida. Oro y plata se funden en el más bello de los abrazos, el del trabajo y su recompensa. Pero, de súbito, ambos parecen caer en la cuenta de lo que queda por venir.

Al inicio de aquel hectómetro, casi una sombra que aletea con poca soltura pero con cierta magia, al borde de la extenuación en una cadencia sobria y conservadora, aparece Alberto Juzdado, en 2h11:18, el mejor registro de su vida hasta aquel instante inolvidable. Y oro y plata, girándose al unísono, en una coral de insuperable factura, reciben con los brazos y el alma abiertos de par en par al tercero de los amigos, a la pieza que dio lugar a la explosión absoluta del éxito. Fiz, García, Juzdado. Los tres escalones del podio, para tres españoles, en una gesta sin precedentes. La imagen de los tres maratonistas arrodillados, envueltos en un abrazo de luz y emoción incontenible, un abrazo grabado a fuego para la eternidad, se ha convertido, posiblemente, junto a los brazos en alto de Cacho en Barcelona, en la imagen más icónica de la historia del atletismo español, y en una de las más bellas y emocionantes del deporte nacional. Se trataba de la primera ocasión en la que tres atletas de un mismo país conseguían copar los tres primeros puestos en el maratón de un Campeonato de Europa. Tampoco se había (ni se ha) logrado jamás en Juegos Olímpicos o en Campeonatos del Mundo. La guinda, el triunfo en la Copa de Europa de Maratón, disputada conjuntamente, con el trigésimo segundo lugar de Toni Peña (2h17:19), puntuando los cuatro primeros, y aventajando en más de cinco minutos a uno de los mejores combinados portugueses de siempre. Rodrigo Gavela y José Esteban Montiel, que completaban el sexteto español, no consiguieron concluir la prueba.

"Siempre lo hemos soñado. Llevamos juntos desde el 15 de junio, entrenándonos y sufriendo mucho en Navacerrada, y cuando oíamos hablar de posible triplete en 1.500m, nosotros nos decíamos que también lo habría en maratón, pero no decíamos nada a nadie. La procesión iba por dentro". Las palabras de Fiz al concluir reflejaban la situación con precisión quirúrgica. Nadie como ellos mismos y su entorno para conocer, calibrar y exponer sus propias posibilidades.
La extraordinaria jornada se redondeó hasta insospechados límites cuando, en la sesión vespertina, al filo de las cuatro y media de la tarde, el santoñés Tomás de Teresa, en el 800m, levantó al Olímpico con una última recta memorable para adjudicarse el bronce, y el soriano Abel Antón, con muchas molestias en el gemelo izquierdo, culminaba una actuación para el recuerdo añadiendo a su triunfo en el 10.000m un magnífico bronce en un lento 5.000m. En definitiva, una jornada que el atletismo español guarda en el recuerdo con la sensación de que resultará muy incierta la posibilidad de que algo así vuelva a repetirse.

Quién sabe si, de aquella unión, aquel compromiso, aquel insufrible y extenuante trabajo previo, aquel coraje y aquella valentía, y quizá aquella indiferencia hacia sus posibilidades, quién sabe si, conjugando todo aquello, semejante éxito fuera el producto obvio y lógico de la mezcla, un cóctel de extrema calidad. Una de esas semblanzas que, como quedó mencionado al principio de este texto, podría ser contada una y otra vez hasta la eternidad. Porque desde esa eternidad misma fue imaginada, desarrollada y culminada. Posiblemente, una historia irrepetible. Una historia inolvidable del atletismo español.

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